El descenso a los infiernos es el misterio por el que Cristo, verdaderamente muerto, bajó a la morada de los difuntos para liberar a los justos que le habían precedido. Este artículo explica, con palabras del Catecismo, qué significa esta confesión de fe y por qué no debe confundirse con el infierno de los condenados.
Conviene aclarar que aquí «los infiernos» no designan el infierno de los condenados, sino la morada de todos los muertos, llamada en la Escritura sheol o hades, tal como lo explica el Catecismo.
¿Qué significa el descenso a los infiernos?
Significa que Jesús murió de verdad y que su alma, separada del cuerpo, bajó a la morada de los muertos antes de resucitar. El Catecismo lo confiesa así: «En la expresión ‘Jesús descendió a los infiernos’, el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo ‘Señor de la muerte'» (CIC 636).
No es un episodio secundario, sino el corazón del Sábado Santo. El propio texto recuerda que este «estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos» (CIC 624).
El Símbolo de los Apóstoles une esta verdad a la Pascua. El Catecismo enseña que «confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque es en su Pascua donde, desde el fondo de la muerte, Él hace brotar la vida» (CIC 631).
¿A qué «infiernos» descendió Cristo?
Descendió a la morada de los muertos, no al infierno de los condenados. El Catecismo lo formula con precisión: «La Escritura llama infiernos, sheol, o hades […] a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios» (CIC 633).
Antes del Redentor, ese era el estado común de cuantos morían. El texto precisa que «tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos», aunque su suerte no fuera idéntica, como muestra la parábola del pobre Lázaro recibido en el seno de Abrahán (cf. CIC 633).
Por eso conviene hablar con cuidado del descenso a los infiernos. La predicación apostólica entendió que «Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos» (CIC 632). Puedes profundizar en nuestro estudio sobre la muerte y sepultura de Cristo.
¿Por qué bajó Jesús a la morada de los muertos?
Bajó como Salvador, para anunciar la salvación también a quienes ya habían muerto. El Catecismo lo expresa así: «Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos» (CIC 632).
Este anuncio fue la culminación de su misión. El texto enseña que «el descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación» (CIC 634).
Con su muerte, Cristo desarmó el poder de la muerte. Según el Catecismo, Jesús, «el Príncipe de la vida», aniquiló «mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo» y libertó a cuantos vivían sometidos a esclavitud por temor a la muerte (cf. CIC 635).
¿Qué ocurrió con el cuerpo de Cristo en el sepulcro?
Su cuerpo permaneció en la tumba sin conocer la corrupción, unido siempre a la persona divina del Hijo. El Catecismo lo resume así: «Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte» (CIC 630).
Esa unión preservó al cuerpo de Jesús de la descomposición ordinaria. El texto recuerda que «la virtud divina preservó de la corrupción al cuerpo de Cristo», de modo que su muerte fue real pero su carne reposó «en la esperanza» (cf. CIC 627).
El sepulcro ilumina además nuestro Bautismo, que «significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida» (CIC 628). La siguiente tabla recoge los párrafos clave de este misterio.
| Párrafo | Idea principal |
|---|---|
| CIC 624 | El estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos, propio del Sábado Santo. |
| CIC 630 | En el sepulcro, la Persona divina del Hijo siguió asumiendo su alma y su cuerpo, que no conoció la corrupción. |
| CIC 632 | Jesús permaneció en la morada de los muertos y descendió como Salvador para anunciar la buena nueva. |
| CIC 633 | Los «infiernos» son el sheol o hades, morada de los muertos privados de la visión de Dios, no el infierno de la condenación. |
| CIC 636 | El símbolo confiesa que Jesús murió realmente y venció a la muerte y al diablo, señor de la muerte. |
| CIC 637 | Cristo muerto descendió a la morada de los muertos y abrió las puertas del cielo a los justos que le precedieron. |
¿A quién liberó Jesús con el descenso a los infiernos?
Liberó únicamente a los justos que habían muerto antes de Él, no a los condenados. El Catecismo lo enseña sin ambigüedad: «Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados […] ni para destruir el infierno de la condenación […] sino para liberar a los justos que le habían precedido» (CIC 633).
Esas almas santas aguardaban en esperanza a su Libertador. El texto, citando el Catecismo Romano, afirma que «son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos» (CIC 633).
El fruto último del descenso a los infiernos es la apertura del cielo. El Catecismo concluye: «Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido» (CIC 637). Puede ampliarse en nuestro artículo sobre la Resurrección del Señor al tercer día.
¿Qué significado tiene este misterio para nosotros?
Nos asegura que ningún rincón de la muerte queda fuera del alcance de la salvación de Cristo. Al bajar «a la profundidad de la muerte», el Señor quiso «que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan» (cf. CIC 635), lo cual sostiene nuestra esperanza ante la muerte.
El descenso a los infiernos revela también el alcance universal de la Redención, extendida «a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares» (CIC 634).
Por eso el descenso a los infiernos permite al cristiano mirar la muerte con confianza serena. Cristo resucitado «tiene las llaves de la muerte y del Infierno» (cf. CIC 635), y su victoria es la garantía de la nuestra. El texto completo puede consultarse en el artículo del Catecismo sobre el descenso de Cristo a los infiernos en el sitio oficial del Vaticano.
Preguntas frecuentes
¿Sufrió Jesús en los infiernos?
No. Según el Catecismo, Cristo no bajó a padecer ni a destruir el infierno de la condenación, sino como Salvador, para liberar a los justos que esperaban al Redentor en la morada de los muertos (cf. CIC 633).
¿Cuánto tiempo permaneció Cristo en la morada de los muertos?
El tiempo comprendido entre su muerte en la cruz y su Resurrección al tercer día, es decir, el reposo del Sábado Santo, mientras su cuerpo descansaba en el sepulcro (cf. CIC 624; 630).
¿Es lo mismo «infierno» e «infiernos» en esta confesión de fe?
No exactamente. «Los infiernos» traduce aquí el sheol o hades, la morada de todos los muertos; no equivale al infierno entendido como lugar de los condenados (cf. CIC 633).
¿Qué relación tiene este misterio con el Bautismo?
El Bautismo significa la bajada del cristiano al sepulcro para morir al pecado con Cristo y resucitar a una vida nueva, uniéndonos así a su muerte y resurrección (cf. CIC 628).
Si esta meditación sobre el descenso a los infiernos te ha ayudado a contemplar con más fe el misterio del Sábado Santo y la victoria de Cristo sobre la muerte, {{CTA}}