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La tradición apostólica es el cauce vivo por el que el Evangelio de Cristo ha llegado intacto hasta nosotros. Este artículo explica, con el Catecismo en la mano, qué es y cómo sigue viva en la Iglesia.

¿Qué es la tradición apostólica según el Catecismo?

La tradición apostólica es la transmisión viva del Evangelio que viene de los Apóstoles y continúa en la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. El Catecismo la presenta como el modo en que la Revelación se conserva íntegra a lo largo de los siglos.

Su raíz está en el mandato de Cristo. El Catecismo recuerda que el Señor, «en quien alcanza su plenitud toda la Revelación de Dios, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta» (CIC 75).

El Catecismo define con precisión esta realidad: «Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la sagrada Escritura, aunque […] estrechamente ligada a ella» (CIC 78). Por ella, la Iglesia «conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree».

¿Cómo se transmitió el Evangelio de los Apóstoles?

El Evangelio se transmitió de dos maneras, oralmente y por escrito, según el mandato del Señor. Ambas brotan de la misma predicación apostólica animada por el Espíritu Santo.

El Catecismo lo expone con claridad. La transmisión se hizo, primero, «oralmente: «los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó»» (CIC 76). Y, después, por escrito, cuando «los mismos Apóstoles y los varones apostólicos pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo».

Para que el Evangelio no se perdiera, los Apóstoles aseguraron su continuidad. El Catecismo enseña: «Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, «dejándoles su cargo en el magisterio»» (CIC 77).

Así, la sucesión apostólica garantiza que la predicación «se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos» (CIC 77). Sobre el otro modo de transmisión puede leerse nuestra guía sobre la Sagrada Escritura según el Catecismo.

¿Por qué se dice que la tradición apostólica es una Tradición viva?

Se llama viva porque no es un archivo del pasado, sino la presencia activa de Dios que sigue hablando a su Iglesia y mantiene actual el misterio de Cristo en cada generación.

El Catecismo lo describe con hondura: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia […], va introduciendo a los fieles en la verdad plena» (CIC 79).

Esta vida se manifiesta en la fe orante de la Iglesia. El testimonio de los santos Padres «atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora» (CIC 78).

Párrafos clave del Catecismo sobre la Tradición
Párrafo Idea principal
CIC 75 Cristo mandó a los Apóstoles predicar el Evangelio a todos los hombres.
CIC 76 La transmisión se hizo de dos maneras: oralmente y por escrito.
CIC 77 Los Apóstoles nombraron a los obispos como sucesores en el magisterio.
CIC 78 La transmisión viva es la Tradición, distinta de la Escritura pero unida a ella.
CIC 80 Tradición y Escritura surgen de la misma fuente y tienden a un mismo fin.
CIC 83 La gran Tradición se distingue de las tradiciones eclesiales particulares.
CIC 95 Tradición, Escritura y Magisterio están unidos y ninguno subsiste sin los otros.

¿Qué relación hay entre la Tradición y la Sagrada Escritura?

La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas porque brotan de una misma fuente y tienden a un mismo fin. No son dos depósitos rivales, sino dos modos de transmitir la Palabra de Dios.

El Catecismo es claro al respecto: ambas «están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin» (CIC 80). Una y otra hacen presente en la Iglesia el misterio de Cristo.

Cada una tiene su modo propio. La Escritura «es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo», mientras que la Tradición «recibe la palabra de Dios […] y la transmite íntegra a los sucesores» (CIC 81).

Por eso la tradición apostólica resulta indispensable: la Iglesia «no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado», y «las dos se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción» (CIC 82).

¿En qué se diferencia la tradición apostólica de las tradiciones eclesiales?

La gran Tradición que viene de los Apóstoles pertenece al depósito de la fe, mientras que las tradiciones eclesiales son expresiones particulares nacidas con el tiempo. Solo la primera no puede abandonarse.

El Catecismo precisa su origen: «La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo» (CIC 83).

De ella hay que distinguir otras realidades de menor rango:

  • Tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales: nacidas «en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales» (CIC 83).
  • Expresiones adaptadas a cada lugar y época: formas particulares en las que la gran Tradición se encarna culturalmente.
  • Sometidas al juicio del Magisterio: pueden «ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia» (CIC 83).

¿Quién custodia e interpreta el depósito de la fe?

El depósito de la fe fue confiado a toda la Iglesia, pero su interpretación auténtica corresponde solo al Magisterio vivo. Junto con la Escritura, la Tradición forma ese único tesoro recibido de los Apóstoles.

El Catecismo enseña que el depósito de la fe, «contenido en la sagrada Tradición y en la sagrada Escritura fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia» (CIC 84). Todo el pueblo santo, unido a sus pastores, persevera en la doctrina de los Apóstoles.

Ahora bien, el oficio de interpretar con autoridad no es de todos. «El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (CIC 85), es decir, a los obispos en comunión con el Papa.

Este Magisterio no es dueño, sino servidor: «no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio» (CIC 86). Tradición, Escritura y Magisterio «están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros» (CIC 95).

Puede consultarse el texto íntegro en el artículo del Catecismo sobre la transmisión de la Revelación divina en el sitio oficial del Vaticano. Para situarlo en su contexto, ofrecemos además una explicación sobre qué es la Revelación divina según el Catecismo.

Preguntas frecuentes

¿La Tradición añade verdades nuevas a la Revelación?

No. La Revelación quedó cerrada con los Apóstoles, y la Tradición no inventa nada nuevo: conserva y transmite íntegro lo recibido. Lo que crece es la comprensión de la Iglesia, no el contenido revelado.

¿Es la Tradición menos importante que la Biblia?

No. Ambas brotan de la misma fuente y se han de recibir con el mismo espíritu de devoción. La Iglesia no obtiene su certeza solo de la Escritura, sino también de la Tradición.

¿Quién garantiza que la transmisión sea fiel?

El Espíritu Santo, que asiste a la Iglesia, y de modo visible la sucesión apostólica de los obispos. Ellos reciben, según el Catecismo, «un carisma de la verdad» para custodiar el depósito.

¿Cuándo se cerró la Revelación pública?

Con la muerte del último Apóstol. Desde entonces no hay nueva Revelación pública, aunque la fe se profundice y se viva cada vez más plenamente a lo largo de los siglos.

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