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El décimo mandamiento prohíbe la codicia de los bienes ajenos y nos invita a la pobreza de corazón. Este artículo explica, con palabras del Catecismo, qué manda, qué desordena la concupiscencia y cómo orientar el deseo hacia Dios.

¿Qué dice el décimo mandamiento?

El décimo mandamiento manda apartar el corazón de toda avidez por lo que pertenece al prójimo. El Catecismo lo formula con precisión: «El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude» (CIC 2534).

No se trata, por tanto, de un mero acto externo, sino de una disposición interior. El mismo número precisa que este precepto «se refiere a la intención del corazón» y «resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley» (CIC 2534).

Así, el décimo mandamiento corona el Decálogo apuntando a la raíz del pecado: el deseo desordenado. Quien quiera situar este precepto en el conjunto puede repasar nuestra explicación de los Diez Mandamientos.

¿Qué prohíbe exactamente el décimo mandamiento?

El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y todo deseo de apropiarse sin medida de los bienes terrenos. El Catecismo enseña: «El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos» (CIC 2536).

Esa prohibición alcanza también la voluntad de perjudicar al prójimo. El mismo número añade que prohíbe «el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales» (CIC 2536).

Conviene distinguir, sin embargo, entre el deseo recto y el desordenado. El apetito sensible es bueno en sí mismo, pero «con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona» (CIC 2535).

No queda prohibido, en cambio, el legítimo afán de mejora. El Catecismo aclara que «no se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos» (CIC 2537).

¿Por qué el décimo mandamiento condena la envidia?

El décimo mandamiento condena la envidia porque exige desterrarla del corazón humano. El Catecismo es tajante: «El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia» (CIC 2538), recordando la historia del pobre y su única oveja.

La envidia no es una falta menor, sino un pecado capital. El texto la define así: «La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida» (CIC 2539). Cuando desea al prójimo un mal grave, llega a ser pecado mortal.

Sus frutos son amargos. Citando a san Gregorio Magno, el Catecismo enseña que «de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (CIC 2539).

Frente a ella, la respuesta cristiana es la benevolencia y la humildad. El bautizado «debe luchar contra ella mediante la benevolencia» y, puesto que la envidia «procede con frecuencia del orgullo», «ha de esforzarse por vivir en la humildad» (CIC 2540).

¿Qué son los deseos del Espíritu frente a la codicia?

Los deseos del Espíritu son los anhelos rectos que sustituyen la codicia y la envidia por la sed del Supremo Bien. El Catecismo lo expresa así: «La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre» (CIC 2541).

La sola Ley no bastaba para liberar de esa esclavitud interior. El Catecismo recuerda que «la Ley confiada a Israel nunca fue suficiente para justificar a los que le estaban sometidos» (CIC 2542), pues manifestaba el conflicto entre la ley de Dios y la ley del pecado.

La novedad llega en Cristo. Por la fe en Jesucristo los fieles «han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias», de modo que «son guiados por el Espíritu» y siguen los deseos del Espíritu (cf. CIC 2543).

¿Qué es la pobreza de corazón que pide el décimo mandamiento?

La pobreza de corazón es el desprendimiento interior de las riquezas para preferir a Dios sobre todas las cosas. Jesús «exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos» y «el precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos» (CIC 2544).

Esta actitud no exige necesariamente renunciar a todo bien, sino ordenar el deseo. El Concilio Vaticano II pide que «el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (CIC 2545).

Su modelo es la primera bienaventuranza. El Catecismo comenta: «‘Bienaventurados los pobres en el espíritu’ (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz» (CIC 2546). La siguiente tabla resume las ideas clave que el propio texto desarrolla en estos números.

Ideas clave del décimo mandamiento según el Catecismo (CIC 2534-2547)
Párrafo Idea principal
CIC 2534 Prohíbe la codicia del bien ajeno y se refiere a la intención del corazón.
CIC 2535 El deseo es bueno en sí mismo, pero puede salirse de la medida de la razón.
CIC 2536 Prohíbe la avaricia y la apropiación inmoderada de los bienes terrenos.
CIC 2538 Exige desterrar la envidia del corazón humano.
CIC 2539 La envidia es un pecado capital, tristeza ante el bien del prójimo.
CIC 2544 El desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino.
CIC 2547 La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres.

¿Cómo lleva el décimo mandamiento a ver a Dios?

El décimo mandamiento lleva a ver a Dios al orientar todo deseo hacia la felicidad verdadera, que es la visión de Dios. El Catecismo enseña: «El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios» (CIC 2548).

Ese fin no se alcanza sin lucha. El Catecismo afirma que corresponde «al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete», mortificando las concupiscencias y venciendo «las seducciones del placer y del poder» (CIC 2549).

La meta es la comunión perfecta con Dios. Con palabras de san Agustín, el texto anuncia que «la recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir» (CIC 2550). El artículo completo puede consultarse en el texto oficial del Catecismo sobre el décimo mandamiento en el sitio del Vaticano, y conviene relacionarlo con la virtud de la templanza y el dominio de los deseos.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es el enunciado bíblico del décimo mandamiento?

El enunciado tradicional es «no codiciarás los bienes ajenos», que prohíbe desear injustamente lo que pertenece o es debido a otra persona. Completa al noveno mandamiento sobre la concupiscencia de la carne.

¿Es pecado desear tener más cosas?

No siempre. Desear bienes por medios justos no quebranta este precepto; lo que se condena es la avaricia, la apropiación inmoderada y el deseo de dañar al prójimo en sus bienes (cf. CIC 2536-2537).

¿Por qué la envidia se considera tan grave?

Porque es un pecado capital que entristece ante el bien ajeno y rechaza la caridad; cuando desea al prójimo un mal grave llega a ser pecado mortal (cf. CIC 2539).

¿La pobreza de corazón obliga a renunciar a todos los bienes?

No necesariamente. Obliga a no apegarse a las riquezas de modo que impidan buscar el amor perfecto; algunos son llamados a una renuncia total, todos a la pobreza de espíritu (cf. CIC 2544-2545).

Si este recorrido por el décimo mandamiento te ha ayudado a ordenar tus deseos hacia Dios, {{CTA}}

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