La muerte de Cristo está en el centro de la fe cristiana, y este artículo explica con el Catecismo en la mano qué significó, por qué ocurrió y a quién se atribuye. Lo hace con citas verbatim y un tono sereno y reverente.
¿Por qué la muerte de Cristo está en el centro del Evangelio?
La muerte de Cristo está en el centro del Evangelio porque por ella Dios cumplió su designio de salvación de una vez para siempre. No es un episodio más de la vida de Jesús, sino el corazón de la Buena Nueva.
Así lo afirma el Catecismo al abrir el artículo sobre la Pasión: «El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de «una vez por todas» (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo» (CIC 571).
La fe no esquiva los hechos. Por eso el Catecismo recuerda que «la fe puede escrutar las circunstancias de la muerte de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por los evangelios» (CIC 573).
¿Era necesaria la Pasión de Jesús?
Sí: la muerte de Cristo fue necesaria según el designio de Dios anunciado en las Escrituras, y el propio Jesús lo enseñó así. Su Pasión no fue un accidente, sino el cumplimiento de la voluntad salvadora del Padre.
El Catecismo lo expresa citando al Señor resucitado, fiel a «la interpretación de todas las Escrituras» dada por Él mismo: «¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (CIC 572).
Esa misma página precisa que los padecimientos de Jesús «han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido «reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas» (Mc 8, 31), que lo «entregaron a los gentiles» para crucificarle» (CIC 572). La cruz ilumina así el sentido de la Redención.
¿Por qué Jesús fue un «signo de contradicción» para las autoridades?
Jesús fue un signo de contradicción porque sus obras y palabras chocaron con algunas autoridades religiosas de Jerusalén, que lo consideraron una amenaza. Ese conflicto preparó el camino de su Pasión.
Desde el principio hubo oposición: «fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle» (CIC 574). Se le acusó de blasfemia y de falso profetismo, «crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte» (CIC 574).
El Catecismo es muy preciso al nombrar a esos adversarios: «Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un «signo de contradicción» (Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquéllas a las que el Evangelio de san Juan denomina con frecuencia «los judíos», más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios» (CIC 575). La expresión «los judíos» designa, pues, a unos dirigentes, no a un pueblo entero.
¿Tiene la culpa el pueblo judío de la muerte de Cristo?
No: la fe católica no atribuye la muerte de Cristo al pueblo judío como tal. El propio Catecismo distingue con cuidado entre unas autoridades concretas y la generalidad del pueblo de Dios.
Cuando san Juan habla de «los judíos» se refiere sobre todo a «las autoridades religiosas de Jerusalén», «más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios» (CIC 575). La responsabilidad recae sobre decisiones de unos dirigentes, no sobre una nación.
El Catecismo subraya además los vínculos positivos de Jesús con muchos de sus contemporáneos:
- «Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría» (CIC 575).
- Jesús «come varias veces en casa de fariseos» y «alaba a alguno de ellos» (CIC 575).
- Confirma doctrinas de esa «élite religiosa del pueblo de Dios», como «la resurrección de los muertos» (CIC 575).
Más aún, Jesús, «el Mesías de Israel», quiso «sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad» (CIC 578). Atribuir su muerte a un pueblo entero contradice los hechos y la enseñanza de la Iglesia, que invita a venerar la cruz sin acusaciones injustas.
¿Cómo se relacionó Jesús con la Ley y el Templo?
Jesús veneró la Ley y el Templo y, lejos de abolirlos, los llevó a su plenitud. Esa fidelidad fue ocasión del conflicto que desembocó en la muerte de Cristo, al chocar con quienes no aceptaron su autoridad divina.
Sobre la Ley, el Catecismo recoge sus propias palabras: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento» (CIC 577). Jesús no rebaja la Ley; la perfecciona «aportando de modo divino su interpretación definitiva» (CIC 581).
Sobre el Templo, «Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén» (CIC 583). Al expulsar a los mercaderes obró por celo: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (CIC 584). Esa autoridad serena, vivida hasta el extremo, desembocaría en su Pasión y muerte en la cruz.
| Párrafo | Idea principal |
|---|---|
| CIC 571 | El Misterio Pascual de la cruz está en el centro de la Buena Nueva; el designio de Dios se cumple por la muerte redentora del Hijo. |
| CIC 572 | Era necesario que Cristo padeciera para entrar en su gloria, según las Escrituras interpretadas por Él mismo. |
| CIC 573 | La fe puede escrutar las circunstancias de la muerte de Jesús, transmitidas fielmente por los evangelios. |
| CIC 574 | Desde el inicio, algunas autoridades religiosas se pusieron de acuerdo para perder a Jesús. |
| CIC 575 | «Los judíos» de san Juan son las autoridades de Jerusalén, no la generalidad del pueblo de Dios. |
| CIC 577 | Jesús no vino a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento. |
| CIC 583 | Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. |
¿Qué significa hoy la muerte de Cristo para el creyente?
La muerte de Cristo significa hoy que Dios nos ha amado hasta el extremo y ha sellado su designio de salvación. Contemplarla con fe transforma el modo de vivir el dolor, el perdón y la esperanza.
El Catecismo lo resume con sobriedad: el designio salvador «se ha cumplido de «una vez por todas» (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo» (CIC 571). Nada queda fuera de ese amor.
Conviene profundizar también en quién es Jesús, como muestra nuestra entrada sobre la identidad de Jesucristo, Hijo único de Dios, y en el sentido de su entrega, que abordamos al hablar de la Redención obrada en la cruz. El texto íntegro puede leerse en el artículo del Catecismo sobre Jesús e Israel en el sitio oficial del Vaticano.
Quien medita la cruz del Señor descubre que no es derrota, sino la entrega de un amor que abre la puerta de la gloria (CIC 572).
Preguntas frecuentes
¿Quién condenó a muerte a Jesús según los evangelios?
Según el Catecismo, Jesús fue «reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas» y entregado a los gentiles para ser crucificado (CIC 572). Intervinieron, pues, autoridades religiosas y la autoridad romana.
¿De qué se acusaba a Jesús?
Se le acusaba de blasfemia y de falso profetismo, «crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte» (CIC 574). Esas acusaciones nacían del rechazo a su autoridad divina.
¿Qué quiere decir que la cruz es el «Misterio Pascual»?
Quiere decir que la cruz y la resurrección forman una sola realidad de salvación que «está en el centro de la Buena Nueva» (CIC 571). La muerte conduce a la vida nueva de la Pascua.
¿Por qué Jesús expulsó a los mercaderes del Templo?
Lo hizo por celo hacia la casa de su Padre: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (CIC 584). No despreciaba el Templo, al que «profesó el más profundo respeto» (CIC 583).
Si esta meditación sobre la muerte de Cristo te ha ayudado a contemplar con más fe el misterio de la cruz, {{CTA}}